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 Pablo Ianiszewski © 2013 - 2019

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  • Pablo Ianiszewski

Destino: una tragicomedia astrológica.


Existe un episodio biográfico interesantísimo, cuya rareza puede tentar a algunos a impugnar su autenticidad, protagonizado por un célebre astrólogo y matemático alemán del siglo XVI. Lo menciono para ilustrar la precisión del astrólogo clásico de una manera tragicómica, y de paso inducir una reflexión sobre los límites de la libertad personal ante la predestinación. Me refiero a la curiosa historia de Valentin Naibod (1523-1593), un connotado erudito a quien nadie podría haber tomado a la ligera. Se le reconoce por sus estudios sobre el desplazamiento medio anual del Sol, el establecimiento de la clave de Naibod para el cálculo de las direcciones primarias, y por la publicación del «Enarratio Elementorum Astrologiae», además de haber sido célebre debido a la excentricidad de sus costumbres. Junto con sus notables aportes a la astronomía y astrología, Naibod fue protagonista de una anécdota macabra que sirve para ejemplificar la inexorabilidad del Anareta.

Habiendo atravesado recientemente por su septuagésima revolución solar, y tras calcular sobre su propia natividad las direcciones que había intentado perfeccionar con sus trabajos de astronomía esférica, Naibod determinó que estaba a punto de ingresar en un período astrológico de altísimo peligro para su vida con motivo de una dirección de Saturno. Fue así que decidió acumular una gran cantidad de agua y alimentos para proceder a encerrarse en su casa durante todo el lapso de riesgo vital. Aseguró bien la puerta con las llaves, obstruyó todas las ventanas y cerró las cortinas para que no pudiera ingresar ni siquiera la luz. Se acostó en la cama y allí se quedó esperando el final del ciclo. Pero unos delincuentes que pasaban por allí creyeron que la vivienda permanecía sin moradores al verla totalmente clausurada, por lo que se les antojó entrar a saquear. Después de romper la puerta ingresaron rápidamente para no ser vistos, pero grande fue su sorpresa al encontrarse de golpe con el astrólogo, que reaccionó espantado. No tardaron en apuñalarlo hasta la muerte para poder robar tranquilos y evitar ser delatados. Se cumplió así el pronóstico mortal que nuestro amigo había intentado rehuir, porque la diosa Fortuna no suele hacer concesiones con nadie.

En la filosofía estoica del gran Séneca leemos: «Ducunt volentem fata, nolentem trahunt», el destino conduce a quien lo acepta, arrastra a quien se le resiste. ¿Habría sido posible enfrentar de mejor manera la dirección primaria de Saturno y eludir la muerte? Es evidente que morir es inevitable, el tema aquí trata más bien sobre postergarla para prolongar la vida. En el apócrifo Centiloquio árabe (Kitab al-Tamara) atribuído a Claudio Ptolomeo podemos encontrar frases sugerentes como ésta: “El que sabe puede evitar numerosos sucesos de los astros, pues habiendo conocido su naturaleza podrá prepararse a sí mismo antes que lleguen”. Este breve exhorto puede parecer una invitación a evadir la predestinación astrológica. Indudablemente es un enigma fascinante a resolver si intentamos dilucidar con claridad qué concepto de determinismo manejaban los antiguos astrólogos. A ratos parece que creyeran posible tomar algunas decisiones con antelación para esquivar algunos males pronosticados por el estudio de los cielos. Pero en otras ocasiones, como en la bizarra historia de Naibod, esta posibilidad adquiere ribetes que terminan dentro de la comedia negra. Estoy seguro de que nadie tiene la respuesta definitiva a esta interrogante, que de tanto en tanto resucita entre los que trabajamos activamente con clientes en el ámbito predictivo. Pero quizás, más que la respuesta, es la misma pregunta la que hace de nuestro arte algo tan enigmático como desconcertante.