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 Pablo Ianiszewski © 2013 - 2019

Convengamos en que la Astrología es probablemente la madre de todas las ciencias. Sus orígenes se pierden en la bruma del tiempo, si bien es posible rastrear sus comienzos hasta las culturas de la antigua Mesopotamia. La observación de los cielos fascinó a prácticamente todos los pueblos ancestrales y dio pie a la formación de escuelas de sacerdotes astrólogos en lugares tan distantes como Egipto, Babilonia, Grecia, Roma e India. Su estudio requería -y sigue requiriendo- décadas para poder dominar sus rudimentos, resultando una disciplina ardua que exige una enorme rigurosidad. Sin embargo, hoy en día ha caído en manos de charlatanes, sinvergüenzas y oportunistas que la han degradado al nivel de una ridícula columna en las páginas finales de una revista de frivolidades. ¡Cómo se horrorizarían sabios de la talla de Guido Bonatti, Morin de Villefranche o William Lilly si pudieran contemplar el nivel de adulteración e impostura a la que ha sido llevada por los zascandiles! La que fuera considerada una ciencia sagrada ha caído en manos sucias e indignas, que ni siquiera se han tomado la molestia de estudiarla seriamente a lo largo de varios años.



Por su parte, los detractores de la Astrología han aprovechado el momento para acusarla de los abusos cometidos por los truhanes y embaucadores, que estafando al incauto, han sabido hacerse de un buen botín. Pero la auténtica práctica astrológica es un quehacer prudente que requiere de un dominio permanente de la aritmética, el cálculo sexagesimal, la geometría, la astronomía, la mitología y el pensamiento analógico, una persistencia cognoscitiva que difícilmente pueda hallarse en la comodidad y los malos hábitos del falsario y timador. Habría que preguntarle a los críticos que vociferan desde el cientificismo duro a qué se dedicaban científicos notables como Tycho Brahe, Johannes Kepler, Isaac Newton o Nicholas Culpeper cuando calculaban cartas astrales. ¿O es que vamos a suponer que hombres de tal nivel eran todos charlatanes?



La Astrología es un saber complejo y extenso que abarca campos de los que la mayoría no ha oído jamás. Así, al ya conocido estudio de la carta natal de una persona se añaden los pronósticos para días, semanas, meses y años obtenidos por medio de los Profecciones, Direcciones, Progresiones y Revoluciones; los estudios de compatibilidad y relación entre dos personas en la Sinastría; la respuesta a preguntas concretas de cualquier clase en la Astrología Horaria; la elección de momentos propicios para iniciar cualquier empresa en la Astrología Electiva; el diagnóstico y la curación de enfermedades en la Astrología Médica; el estudio y predicción de guerras, armisticios, cambios culturales, religiosos y políticos en la Astrología Mundana, e incluso la predicción del clima y el resultado de las cosechas en la Astrología Meteorológica.



Desde un enfoque Natal, la Astrología nos permite ahondar en la constitución y el carácter de un individuo, determinar su temperamento y conocer sus propensiones, al tiempo que desentrañamos su destino a lo largo de la vida, no como una fatalidad inevitable, sino como una tendencia de flujo constante a la que el hombre puede oponerse y vencer por medio de su inteligencia y voluntad. Porque siguiendo el viejo adagio astrológico que nos enseña que las estrellas inclinan pero no obligan, debemos recordar que la función de este conocimiento es dar la oportunidad al ser humano de superar sus debilidades apoyándose en sus fortalezas, para así quebrar la mano del hado escrito en los astros. Ya que no se puede vencer a un adversario que no se conoce, el saber astrológico otorga la hoja de ruta para sacar el máximo provecho de la preciosa existencia bajo forma humana.



Por otra parte, la Astrología nos trae a la memoria tiempos mejores en los que se podía respirar lo sagrado en la vida cotidiana. El estudio de los ciclos del tiempo asociados a la función oracular, al mito y a la espiritualidad, nos recuerdan un paradigma distinto al actual, una visión del universo impregnada por la noción de lo mágico, que mantenía al mundo unido en una trascendencia que se le escapa al hombre contemporáneo, tan acostumbrado a la cuantificación mecanicista y la erudición fragmentaria, males que conllevan el desarraigo y la alienación por la pérdida del contacto con la naturaleza y el cosmos.

Pero no todo está perdido. El saber antiguo aún está allí, a disposición de aquellos que anhelan una vida más digna en donde lo sagrado y lo mágico no le son negados a la conciencia. Porque la Astrología, que bebió de las fuentes de sabiduría babilonia, egipcia, griega, persa y árabe, tiene aún mucho que decirle al orgulloso hombre moderno. Con todo, nos hemos propuesto recuperar el conocimiento ancestral y poner de nuevo el firmamento en la conciencia de los hombres. Ofrecemos así un espacio de sentido y sacralidad que una modernidad demasiado escéptica y materialista quisiera negarnos de manera terca, aunque nuestras almas clamen famélicas por una pizca de alimento espiritual. Para aquellos que necesitan de la guía de su buena estrella, las puertas de la bóveda celeste siempre estarán abiertas.

Apología del paradigma astrológico 

La Astrología es una de las artes antiguas más mal comprendidas en la actualidad debido a que no cuadra con el paradigma científico dominante. En Astrologium reconocemos la importancia del método científico para el desarrollo del conocimiento, pero entendiendo que el saber no se agota dentro de sus estrechos márgenes. Al igual que filósofos como Paul Feyerabend e Imre Lakatos, entendemos que el "conocimiento empírico" es un producto cultural, situado en un contexto histórico y geográfico determinado. Desde esta base epistemológica, guardamos un profundo anhelo por recuperar la dimensión sagrada de la existencia, contribuyendo a ello desde la antigua Filosofía Hermética y el Neoplatonismo, que rigieron la cosmovisión de occidente hasta el Renacimiento. Estos paradigmas son los que permiten entender el funcionamiento de la Astrología al margen de las explicaciones fisicalistas y el reduccionismo empirista. No creemos que sea sano para la sociedad eliminar todo rastro de lo mágico y lo sagrado que hay en el mundo. Por el contrario, nos parece que ello forma parte fundamental de la conciencia humana desde tiempos remotos, y su rescate no constituye un retroceso intelectual o un empeño retrógrado, sino una necesidad de equilibrio psíquico y espiritual para nuestras vidas en una época de gran fragmentación.